Estamos en la época más conectada de la historia. Se habla de que los saltos tecnológicos están siendo mucho más rápidos. En apenas unos años hemos visto como hemos alcanzado el equivalente a dos o tres revoluciones industriales. Esto es algo positivo, pero con salvedades. La tecnología ha pasado de imperecedera a efímera.

La inteligencia y su fecha de caducidad

Hasta aquí muchos lectores habrán sentido que el texto es una excusa más e impropio de una web de tecnología. A partir de ahora explicaré con detalle a qué se debe esta crítica hacia la tecnología y la necesidad de dotar de inteligencia a todo lo que tenemos. Al final, decidiréis si estaba en lo cierto o no.

Los orígenes de la inteligencia

Llevamos diez años desde que comenzó la época inteligente, desde que el primer iPhone condeno a todos los teléfonos anteriores por no ser inteligentes. Llegaban los smartphones. Esto ha supuesto que la vida de un teléfono se haya visto reducida a la mitad e incluso menos. Antes, disponíamos de un teléfono que podía resistir hasta que moría y el cambio era puramente estético. Hoy, la estética se ha perdido entre la monotonía y el cambio se debe a que el smartphone ha perdido fluidez, en cuestión de meses. Así podríamos decir que los smartphones han sido los detonantes de la época inteligente.

La evolución mal pensada

Tras los smartphones la gente, inconsciente de sus deseos, decidieron pedir relojes inteligentes. El coche fantástico, con David Hasselhoff a la cabeza, nos hacía desear un reloj inteligente con el que poder hablar. A Michael Knight le aguantó toda la serie, sin embargo nosotros no tendremos tanta suerte. Así llegaron los smartwatches y las smartbands. Dos dispositivos cuyo objetivo es monitorizarnos y hacernos más dependientes de la electricidad.

Si antes hablábamos de lo que duraba un teléfono móvil, entrar a comparar con un reloj tradicional es imposible. El smartwatch dispone de una batería que en el mejor de los casos podría durar una semana y que, en el mejor de los casos durará en la muñeca de su dueño dos años sin cambiarse. Sin embargo, el clásico regalo de las bodas a los hombres, un reloj, era para toda la vida. Quizás duraba algo menos debido al atractivo que produce en el ladrón de guante blanco.

Ahora no lo queremos

Abarrotados de inteligencia

Tras la llegada de los wearables, llegó el resto. Primero con cierto disimulo a través de la domótica en casa, un sueño que data de los 80, con la llegada de los termostatos inteligentes, luces, persianas y luego con las televisiones inteligentes. Una televisión inteligente nos ofrece disponer de aplicaciones, esa es la inteligencia aplicada. Y a partir de ese momento, dejamos de elegir una televisión por su calidad de imagen y nos centramos en que nos ofrece. Si la televisión no tiene Netflix, HBO u otros servicios en streaming no merece la pena.

El último, y elemento clave para haber escrito este artículo, es el de los altavoces. Cuando uno madura, o se hace viejo, y ya sale menos de fiesta lleva la fiesta a su casa. Esto se traducía en un desembolso bastante importante para comprar un sistema de altavoces potente. La potencia a veces iba ligada a romper los cristales del vecino, y otras a embelesar a las visitas con el diseño.

Pero, han llegado los altavoces inteligentes. Antes, confiábamos en la sapiencia humana para comprar un altavoz que había sido fabricado con inteligencia. Hoy, llegan los altavoces inteligentes que nos permitirán hablar con ellos o que estudian nuestra habitación para emitir el sonido idóneo. Apple y Harman Kardon han abierto la caja de pandora y el resto seguirán esta moda. Los damnificados somos nosotros, el altavoz deja de ser algo atemporal para disponer de una fecha de caducidad.

El siglo XXI es efímero

Así, tras exponer mi punto de vista, no quiere decir que me vaya a ir al campo a cultivar tomates. Si que observo, con cierta tristeza, lo efímero que se ha vuelto el mundo tecnológico. Cuando estamos comenzando a disfrutar con un dispositivo, debemos dar el salto al siguiente. Parece una carrera sin fin donde la inteligencia de los dispositivos nos condenan a la vagancia y el ostracismo. Me mantendré fiel a mi descerebrado altavoz de Bang & Olufsen hasta el final de sus días.